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CONVERSACIONES | CULTURA

El ballet y la caracterización, con el bailarín Julian MacKay.

Lectura de 7 minutos

Oliver Peoples habla con este vibrante artista internacional sobre la práctica, la precisión y la inspiración.

Julian MacKay encarna la transformación. Nacido en Montana, Julian se convierte en el primer estadounidense en graduarse tanto de la escuela inferior como de la superior de la academia de ballet del Bolshói de Moscú. Años más tarde, gana la altamente competitiva beca de aprendiz Prix de Lausanne y comienza a trabajar con el Royal Ballet de Londres, hasta su regreso a Rusia, donde se convierte en el solista más joven del prestigioso teatro Mikhailovsky de San Petersburgo. A través del entrenamiento y los ensayos, el bailarín ha ido perfeccionando su arte y su entendimiento de los conceptos de caracterización e interpretación. Entretanto, gracias a su carácter franco y fascinante, Julian ha ido acumulado un gran número de visualizaciones en YouTube y «me gusta» en Instagram.

Julian MacKay dancing with coleridge in new antique gold/black

El ballet ha cautivado a distintos públicos durante siglos gracias a las proezas que realizan los bailarines en su esfuerzo por contar historias.

Es una forma de danza teatral cuyas raíces se remontan al Renacimiento italiano, aunque fue el rey Louis XIV de Francia el que popularizó este arte y estandarizó algunos de sus movimientos. En el siglo XIX, Rusia toma la delantera creativa y produce algunos de los ballets más apreciados en la actualidad. Para un bailarín, tanto entonces como ahora, la precisión, la extensión, la técnica de puntas y la fluidez se combinan para contar historias de amor, de pérdida o de victoria. Los bailarines también mantienen el arte vivo cada día con su rigurosa reglamentación y sus impresionantes actuaciones físicas, que incorporan levantamientos, saltos y giros.
La pasión que siente Julian por el ballet canaliza su poder transformador. «Me enamoré del ballet porque me di cuenta de que el movimiento y la danza eran mis mejores formas de expresarme», nos explica Julian. «Con la danza, podía hacer cosas que no conocía por nombre, o demostrar un sentimiento que no era capaz de expresar de otra manera». Esas sensaciones llevaron a Julian a mudarse a Rusia con tan ambicioso fin cuando tenía 11 años. La academia del Bolshói de Moscú, afiliada a la institución de ballet más famosa del mundo, prepara solo a los jóvenes bailarines más talentosos para un posible futuro en la profesión.

Julian MacKay with emerson in black diamond

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El equilibrio y la posición se pueden enseñar, pero la paciencia que requiere un bailarín de ballet es algo innato.

Julian MacKay dance with emerson in black diamond

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De todas las artes, el ballet es el que más movimientos físicos intensos y transformadores requiere.

«Éramos niños de 10 y 11 años con un trabajo serio», continúa Julian. «A esa edad, ya es una profesión muy seria. Empezábamos a las ocho menos cuarto de la mañana para prepararnos para una clase a las diez de la mañana». La repetición en los ensayos y en las representaciones pulió la técnica de Julian. Pero fue Misha, su entrenador, el que le enseñó a desarrollar una habilidad ya no física, sino la de interpretar el personaje, algo tan crucial en las historias contadas a través del ballet. Eso es lo que separa a un bailarín competente de otro con un futuro en el escenario. Julian explica que las sesiones de inmersión de mes y medio de duración le permiten crear el personaje y que, si entiende bien el papel, el bailarín de ballet es capaz de convertir cada movimiento en el escenario en algo significativo.
Otro rol del bailarín es encontrar el equilibrio entre la técnica aprendida con el tiempo y una representación impecable e insólita. Sus estudiosas miradas al pasado han fomentado el éxito de Julian en ese aspecto. «El ballet es una forma de arte muy antigua», dice Julian. «Si sabes lo que ha pasado antes, puedes determinar de lo que eres capaz de hacer con tu propia representación». Por eso, mediante el estudio de vídeos, Julian ha ido identificando las posiciones y los pasos de bailarines anteriores; aunque deja claro que, cuando baila, está modificando lo que se ha hecho antes. En realidad, no va a haber nunca dos representaciones iguales. «Es imposible copiar a alguien», dice, «porque tú no te puedes esconder. Yo, cuando bailo, aporto mi propio estilo».

Julian MacKay with o'malley in emerald bark

Julian interactúa con los fans que le siguen, abriendo más puentes a sus representaciones y al teatro.

Con su elegancia en el escenario y su personalidad optimista fuera de él, el carácter dinámico de Julian le ha ayudado a dominar las sutilezas de la historia del ballet. Dicho esto, a la vez que mira hacia el pasado en busca de inspiración, Julian define de forma activa el futuro de este arte para la próxima generación, él es un puente al arte y, con perspicacia y carisma, comunica al público actual la intrincada y atemporal belleza del ballet y mucho más. Su dedicación, ya sea al entrenamiento seis días a la semana o a su meticulosa labor de investigación, no solo le ayuda a perfeccionar su arte, sino que además le permite guardarlo en la memoria.
Para Julian, conseguir nuevos roles de ballet es un objetivo intermedio; su mayor ambición es la de conectar con la gente. A veces, eso requiere buscar más allá del escenario tradicional para atraer a nuevos públicos. «Este año, he estado haciendo galas y representaciones por todo el mundo, además de continuar con mi posición de solista. He llegado a 15.000 personas en un espectáculo. He hecho una gira por China y he visto una cantidad enorme de gente acudir a representaciones y enamorarse del ballet», dice Julian. Para conservar este arte competitivo para todo el mundo, Julian está dispuesto a adoptar cualquier medio de transmisión, ya sea «un programa de baile por televisión o actuaciones en películas o en los grandes escenarios» por todo el mundo.

Julian MacKay with m-4 30th in antique gold

En el ballet, cada movimiento tiene su significado propio y ayuda a formar la personalidad del bailarín.

Con la danza, podía hacer cosas que no conocía por nombre; o demostrar un sentimiento que no era capaz de expresar de otra manera.

«Cuanto más conectes con la gente, más van a querer ir al ballet, más cercano les va a resultar», añade Julian. «Estos elementos apoyan el papel de un bailarín: la coreografía, las redes sociales. Es una mezcla que te permite conectar con la gente antes de la representación». Con ese afán, Julian ha coreografiado distintas representaciones, bailado en numerosos países de varios continentes y se ha acercado a fans de todo el mundo. Sus cuentas en las redes sociales hacen posible una conversación auténtica y honesta con las personas que le siguen. Julian comparte su entusiasmo por el arte en cada una de sus actividades digitales.
A pesar de todo su enorme trabajo, desde que tenía dos años y medio, Julian cree que el mérito de su astronómico auge se lo debe fundamentalmente a su familia. «Mis hermanas son unas hermosas bailarinas y ellas fueron las que trajeron el ballet a mi familia», dice Julian. «Mi hermano Nicholas está conmigo en Rusia. Él produce todo lo que hago y crea esos cortometrajes llamados The MacKay Chronicles (Las crónicas de MacKay). He contado con su apoyo desde que era niño, y eso es muy valioso cuando empiezas desde tan joven». Julian se merece todo el apoyo, ya que se requiere una persona fuerte y compasiva para llevar adelante las riendas del ballet, y ya ha destacado por su gran habilidad como embajador.

Texto: David Graver

Fotos: Andrew Arthur

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